martes, 19 de abril de 2022

“Pecado de amor” (1961) Luis César Amadori

 

“Pecado de amor” fue la tercera y última de las películas que Sara Montiel rodó a las órdenes del argentino Luis César Amadori y sin duda alguna la de tinte más dramático. Tanto “La Violetera” (1958) como “Mi último tango” (1960) habían sido dos grandes éxitos de público en todo el mundo, Amadori supo adaptar perfectamente su buen oficio cinematográfico a las exigencias estelares del personaje de Sara, ofreciendo al público justo lo que esperaba ver en los vehículos de la Diva, ayudando en gran parte a forjar su mito con esta trilogía. Como ya era habitual en los vehículos de la Montiel, la película sería rodada en régimen de coproducción entre Cesáreo González y Benito Perojo, que tenían a la artista bajo contrato, y la compañía italiana Trasmonde Film, que aportaría a un apuesto y jovencísimo Terence Hill, acreditado por entonces todavía como Mario Girotti. El argumento correría a cargo de Jesús Mª Arozamena, un habitual en los vehículos musicales de la Montiel y el propio Amadori, encontrándose con no pocos problemas de censura que prohibiría el título inicialmente propuesto de “Cabaretera”, al hacer alusión al ambiente de los clubs nocturnos donde la prostitución disfrazada de alterne era habitual moneda de cambio. El guion mostraba en clave de drama una serie de situaciones bastante atrevidas para la España del momento, que por supuesto acababan con el correspondiente castigo como fruto de “tanta conducta pecaminosa”. En este caso la protagonista terminaba recluida en un convento para refugiarse en “brazos de Dios” y encontrar la felicidad “en la paz del alma”, tal y como relataba la hermana Sor Belén (Sara Montiel) a uno de los personajes del filme. De hecho el personaje de Sara se llama en la vida seglar Magdalena, en indiscutible alusión al personaje bíblico redimido de sus pecados por la intervención de Cristo, siendo utilizado este nombre como título del filme en Italia, además del muy sonoro “Ave María” con que se estrenó en otros países.

Este “Pecado de amor” hacía alusión a la agitada vida de Magda Beltrán, cantante de cabaré, madre soltera y amante del dueño del local en el cual trabaja. La pasión que despierta en un joven de buena familia (Terence Hill), le lleva a conocer a Adolfo Vega (Reginald Kernan) reconocido jurista y padre del anterior. Magda y Adolfo se enamoran, pero esta es encarcelada al matar a su antiguo amante que pretendía hacer chantaje al letrado, viéndose obligada a dar a su hija en adopción. Fuera de la cárcel la artista inicia una exitosa gira de conciertos por todo el mundo, reencontrándose con Adolfo y retomando su apasionado idilio. Pero éste se marcha de repente sin dejar noticias, lo que anima a Magda a volver a España. A su regreso descubre que la mujer de Adolfo, recluida hasta entonces en un sanatorio por enfermedad mental, ha vuelto recuperada a su hogar y que la hija que dio en adopción fue acogida por la familia del hombre que ama, encontrándose a punto de contraer matrimonio con un muchacho de posición acomodada. Sola y emocionalmente destruida, Magda busca refugio en el amor divino tomando los hábitos religiosos, que le hacen asistir a la boda de su hija cantando en el coro durante la ceremonia el “Sueño de amor” de Liszt entre sollozos.

Como puede verse, en el argumento se dan cita todos los tópicos del folletín más convencional, que harían las delicias de los seguidores de la estrella en medio mundo, obteniendo otro importante éxito comercial y personal. El filme es un perfecto ejemplo de cómo un personaje con tanta carga erótica y desinhibida moral como el de Sara, solo era perdonado a través del sufrimiento y la redención final, que solía llegar con la muerte de la protagonista como en “Carmen, la de Ronda” (1959), “La Bella Lola” (1962) o” El último cuplé” (1957) o la pérdida y renuncia al ser amado, castrando no solo su felicidad como mujer, sino como en este caso sus ansias amatorias al abrazar los hábitos religiosos despidiéndose de la vida carnal, que le había conducido al dolor. Lo que arroja una interesante lectura sobre la doble moral de la época, ávida de asistir a las pasiones desenfrenadas de la diva que inevitablemente terminaban con un castigo, incluso de tintes masoquistas en ocasiones. Dejando claro que no había sitio en la sociedad para quién se deja llevar por una vida a extramuros del canon católico imperante.

A fin de afianzar la carrera comercial de la cinta se emparejó a la estrella con el galán norteamericano de sienes plateadas Reginald Kernan, un actor de segunda fila inexpresivo como un mueble que había protagonizado en Francia junto a Simone Signoret el drama “Los malos golpes” y cuya carrera no daría mucho más de sí tras esta película. El hieratismo y escasa personalidad del estadounidense no aporta ningún matiz emocional a su papel y es uno de los principales lastres de una película en la que una vez más Sara Montiel lo es todo de principio a fin, inyectando la pasión que le falta a su oponente, luciéndose en cada plano con una fotogenia excepcional y su personalísima forma de cantar y actuar. Siendo canibalizada por completo como actriz por su personaje estelar, que poco a poco la va encerrando cada vez más en un hieratismo y manierismo interpretativo que terminaría siendo marca propia. Junto a la pareja protagonista nos encontramos con un magnífico Rafael Alonso como el pianista que la ama en secreto a la artista y acompaña sus andanzas por medio mundo, otro de los arquetipos habituales del cine de Sara, el hombre que la adora y ayuda incondicionalmente, aunque sepa que nunca obtendrá su amor. El alemán Gerard Tichy, en uno de sus característicos papeles de villano, es Gerardo el turbio amante de Magda cuyo asesinato genera el drama de la historia, mientras que la italiana Alessandra Panaro interpreta a Esmeralda, la hija de la protagonista en su etapa adulta. Ana Mª Custodio, Mario Morales, María Silva y Xan Das Bolas son algunos de los nombres que componen el formidable elenco de secundarios.

Aunque este es el primer título de la estrella ambientado en época actual, seguirá manteniendo el característico llamamiento a la nostalgia a través de su banda sonora que, adaptada por Gregorio García Segura, sería uno de los atractivos fundamentales de la historia presentando un diverso recorrido por temas tan conocidos como “Los nardos”, “El pichi”, “El día que me quieras”, “La flor del mal”, “¡Tápame, tápame!” o “Sous les toits de Paris” entre otros. Como curiosidad, destacar que en la versión para Italia y Francia se incluyeron dos temas musicales, presentes en la grabación discográfica, que no aparecen en la española. El primero de ellos el cuplé de sones orientales “La pequeña Tonkinesa”, interpretado en francés en sustitución del número apache “Adiós Ninón” de la copia española. El segundo es “La Spagnola”, canción popular italiana que reemplaza a “Los Nardos”. Ambos números son interpretados por la estrella en idéntico escenario e incluso con el mismo vestuario en ambas versiones. En el caso de “La Spagnola” resulta curioso ver a Sara cantando en italiano vestida de madrileña castiza, con mantón y cesta de nardos en la cadera y rodeada de un grupo de coristas de idéntica guisa, en curioso anacronismo con el tema que interpreta de evidentes referencias andaluzas.


Como era habitual en los vehículos de la Diva en esta época, la película constituyó un importante éxito de público no solo en nuestro país, donde se mantuvo en cartel 53 días en el local de estreno, sino en gran parte de Europa y Latinoamérica.




martes, 12 de abril de 2022

Sara Montiel… Rumbo a México (2ª parte)

 

Iniciada la década de los cincuenta del siglo XX, Sara se da cuenta que en el panorama cinematográfico español de entonces no obtiene las ofertas que ella anhela y a estancias de Miguel Mihura, su primer amor, viaja a México en busca de mejores oportunidades. Toda la personalidad cinematográfica de Sara Montiel, así como su increíble potencial erótico se va desarrollando en los estudios aztecas a lo largo de las catorce películas en las que interviene como protagonista, en un momento en el que el cine mexicano está viviendo su época dorada. colocándose a la cabeza de la producción Latinoamericana del momento. El primer filme en el que interviene en tierras mexicanas es “Furia roja” (1950) dirigida por Victor Urruchoa, del que Verónica Lake realizaba al mismo tiempo una versión para el público americano. Pero la popularidad le llegaría al interpretar junto al ídolo nacional Pedro Infante dos comedias musicales rancheras de gran éxito “Ahí viene Martín Corona” y “Vuelve Martín Corona”, ambas de 1951. En ellas Sara era la linda y temperamental española interés, amoroso del protagonista, que entre romances y aventuras se dedica a interpretar de forma personalísima un surtido de coplas populares como “Para el carro”, “Copla en la noche” o “La canción del olé”. Hoy día sorprende ver a una juvenil Sarita abordando con brío un género tan alejado del estilo que finalmente cultivaría con tanta fortuna, demostrando además que había cantado con gusto y personalidad propia en muchas de sus películas antes de “El último cuplé”, donde fue descubierta de forma mayoritaria en esta faceta.


“Necesito dinero” (1951), volvió a emparejarla con Pedro Infante en una nueva comedia musical, a la que siguieron una serie de melodramas desaforados que contaban con todos los elementos del folletín con tintes negros como “Cárcel de mujeres” (1951) o “Piel canela” (1953), donde se la anunciaba como la española más guapa del mundo, que sirvieron para que los representantes de la MCA se fijasen en ella y la presentasen a Max Arnow, descubridor de talentos de la Columbia. Tras realizar unas pruebas en estos estudios le ofrecen un contrato de siete años, en los cuales comenzaría interpretando pequeños papeles hasta obtener protagonistas a medida que su inglés se perfeccionase. Temerosa de la esclavitud que imponían los contratos de las grandes productoras Hollywoodienses, que controlaban milimétricamente la vida personal y profesional, rechaza tan sustanciosa oferta y regresa a México. A pesar de todo, el agente de la Columbia, entusiasmado con Sara desde las pruebas realizadas en estos estudios, consigue para ella el papel protagonista de “El americano” (1955) junto a Glenn Ford, cuyo rodaje acabó siendo pospuesto por problemas de producción, siendo reanudado con Ursula Thies en el rol destinado en un principio para ella.


En México continúa interpretando melodramas desgarrados como “¿Porqué ya no me quieres?” (1953), “Frente al pecado de ayer” (1954), “Yo no creo en los hombres” (1954) o “Donde el círculo termina” (1954) su última película en este país antes de iniciarse su despegue definitivo a la soleada California. El tenaz Max Arnow pide a Sara que le envíe unas fotos vestida de india con fines promocionales que realiza Gabriel Figueroa. El material enviado entusiasma tanto a los productores americanos que le brinda la posibilidad de intervenir junto a Gary Cooper y Burt Lancaster en “Veracruz” (1954), uno de los títulos míticos del séptimo arte. A pesar de figurar en los títulos de crédito por detrás de Denise Darcel, en la pantalla Sara brilla con tanta fuerza que opaca la participación de la actriz francesa.


“Veracruz” le abre las puertas doradas de Hollywood, rodando en los estudios de la Warner su siguiente título “Serenade” (Dos pasiones y un amor) (1956), junto al popular tenor Mario Lanza y una fría y madurita Joan Fontaine, con la cual se disputa el amor del protagonista un tanto histriónico y pesado en esta ocasión. Lanza estaba viviendo los últimos momentos de su efímera fama, había sido despedido de la Metro por los problemas que ocasionaba su mal gestionado divismo y este sería su último título destacable, falleciendo tres años más tarde de forma prematura en Italia con solo 38 años. La dirección corría a cargo de Anthony Mann, hombre definitivo en su vida, ya que se convertiría meses más tarde en su primer marido. Aquel mismo año, estuvo a punto de convertirse en la princesa hindú, de “La vuelta al mundo en 80 días” (1956), pero parece ser que su productor Michael Todd, esposo por entonces de Elizabeth Taylor, se decantó finalmente por una casi desconocida Shirley McLaine. Lo cierto es que la belleza de Sara hubiese encajado a la perfección en un papel que no requería prácticamente más. Entre otros proyectos fallidos parece ser que rechazó el papel que protagonizaría Yvonne de Carlo en “La esclava libre” (1957) junto a Clark Gable y el de Anne Baxter en el western crepuscular “Cimarrón” (1960) junto a Glenn Ford, dirigida por su esposo Anthony Mann. Posiblemente la negativa de la Montiel en este caso se debió a que ya estaba triunfando en medio mundo en su faceta de actriz-cantante tras el triunfo de “El último cuplé” y prefirió sus vehículos musicales en los que era la estrella absoluta que controlaba todo.


En la R.K.O interpreta “Yuma” (1956), un soberbio western de Samuel Fuller con Rod Steiger como protagonista, en el que interpreta a una india Sioux de inquietudes pacifistas. Este era el tipo de personajes a los que el cine americano relegó a sus incorporaciones latinas a lo largo de toda su historia, un destino al que no escaparon grandes estrellas como Anthony Quinn o Dolores del Río, ni importaciones de menor calado como Pedro Armendáriz, Katy Jurado, Ricardo Montalban, Fernando Lamas y un largo etcétera. Todos ellos se hicieron cargo de los más diversos y exóticos papeles entendidos al gusto americano, desde indios a esquimales, pasando por polinesios, japoneses o piratas de cualquier nacionalidad… (continuará)






jueves, 7 de abril de 2022

“La Violetera” (1958) Luis César Amadori

 

“La Violetera” fue el filme que consolidó definitivamente la imagen de Sara Montiel como la gran estrella española de su tiempo, sentando las bases del mito y de su personalidad cinematográfica. Esta producción de Benito Perojo estaba planteada inicialmente como un vehículo para Carmen Sevilla, quién ya había leído el guion y comenzado a ensayar algunas escenas. Pero Perojo viendo el ensordecedor éxito de la Montiel con “El último cuplé” (1957) dirigida por Juan de Orduña, reemplazó a la artista sevillana por ésta, con gran disgusto de Carmen que cedía de este modo el primer puesto como la actriz más popular de la pantalla española hasta ese momento. Por su parte Sara había rechazado embarcarse en un nuevo proyecto junto a Orduña ambientado en la época goyesca titulado “La Tirana” (1958), que sería protagonizado por Paquita Rico y resultaría un fracaso en la taquilla. La artista manchega vio, con buen criterio, este filme nostálgico con el leitmotiv del célebre cuplé de Padilla y Montesinos como telón de fondo, como la continuación lógica de su anterior éxito y a tenor del resultado no se equivocó.


Sobre un guion original de Jesús María Arozamena, que también había firmado “El último cuplé”, Manuel Villegas y André Tabet, la película cuenta los amores de Soledad (Sara Montiel), una humilde florista, con un aristócrata (Raf Vallone) en el Madrid de principios del siglo XX. Ambos se conocen casualmente la nochevieja que da paso al nuevo siglo, quedando inmediatamente prendados uno del otro. Sin embargo la diferencia de clases unida a una serie de desdichados sucesos hace poco menos que imposible su apasionado amor, por lo que Soledad huye con Henri Garnal (Frank Villard) un empresario de variedades a Paris donde triunfa como cantante, mientras que Fernando se casa con Magdalena (Ana Mariscal), una dama de la alta sociedad con quién su familia le había prometido hace tiempo. Soledad regresa temporalmente a Madrid para presentar su espectáculo y el reencuentro con Fernando revela el profundo amor sigue latente entre ellos, pero ella le rechaza aludiendo que sus vidas han tomado derroteros difíciles de unir. La artista viaja con su empresario a América para presentarse en Nueva York, pero su travesía en el Titanic se ve interrumpida por el célebre hundimiento del transatlántico. Henri muere y Soledad pierde la voz a consecuencia del frio y el trauma del accidente, por lo que ante la falta de contratos y oportunidades regresa de nuevo al humilde local madrileño donde debutó como artista y en el que conoció a Fernando. Por su parte éste ha regresado al tiempo a Madrid, viudo y enterado de la presencia de Soledad visita el salón Bolero con el objetivo de volver a verla. Al encontrarse cara a cara de nuevo con su antiguo amor, la artista recobra el aliento de vivir recuperando la voz en plena actuación en la que tenía previsto hacer playback. Ambos se unen en un apasionado beso en el entorno de un nuevo año, cerrando así un ciclo y abriendo otro nuevo en el que les espera una vida juntos.

Al contrario que ocurriría con “El último cuplé” (1957) esta película nacería con un espíritu de gran superproducción, por lo que el derroche de medios técnicos y artísticos es evidente desde su arranque. Todo el mundo estaba esperando el siguiente vehículo de la estrella manchega, cuyo trabajo estaba triunfando en medio mundo, por lo que Perojo plantea la película en coproducción con Francia e Italia, incluyendo el concurso de distintas estrellas de estas cinematografías con el fin de garantizar la carrera internacional del filme. La protagonista cobraría un sonado millón de dólares por su participación, unos 28 millones de la época, una cifra que indica de por sí la confianza que se tenía en el éxito del proyecto. De este modo Sara Montiel y sus cuplés son el eje absoluto de una trama inteligentemente guiada por el argentino Luis César Amadori, en su primera película en nuestro país, que supo entender perfectamente la personalidad de la estrella plegando el filme a sus necesidades y lucimiento, sentando muchos de los clichés característicos de su posterior carrera, presentes ya de algún modo en el filme de su revelación a las órdenes de Orduña. Entre ellos la batería de primerísimos planos resaltando la fotogenia de la estrella, la antología de canciones famosas apostillando las distintas situaciones y sentimientos de la historia, la plasmación de un personaje mezcla de picardía e inocencia, la transformación de la muchacha humilde en glamourosa estrella de la canción, las relaciones sentimentales a tres bandas…

Acompañando a la estrella nos encontramos al italiano Raf Vallone y al francés Frank Villard en los papeles del aristocrático Fernando, el eterno amor de la protagonista y Henri, el empresario que prendado de ella la convierte en estrella y acompaña de forma incondicional su fulgurante ascenso a la fama, como haría Armando Calvo como el representante Juan Contreras de “El último cuplé”. Vallone, prototipo del galán viril en estos años, venía de rodar en nuestro país junto a Carmen Sevilla “La venganza” (1957), un filme de Juan Antonio Bardem de profundos tintes políticos del que el actor se sentía tremendamente satisfecho, de manera que para él la película de Amadori era un proyecto de interés menor. Sin embargo la química con la Montiel en el filme es magnífica, así como el partido que el actor saca a su personaje, a pesar de que a sus 42 años resultaba un tanto mayor para interpretar al jovencito alocado de la primera parte de la historia. Lo cierto, es que el actor obtendría una gran proyección con esta película siendo recibido a los acordes de “La violetera” en muchos locales a los que acudiera en el futuro. Frank Villard ofrece una interpretación fría y cerebral mientras forja el talento de la estrella, a la que va añadiendo emotividad a medida que se enamora y permanece a su lado centrando su vida en ella, realizando una interesante progresión con su personaje. La siempre excelente Ana Mariscal sería la Condesa Magdalena, compitiendo con la protagonista por el amor del galán, lo provoca algunas de las escenas de enfrentamiento típicas del cine de la Montiel y que se repetirían a lo largo de varios títulos casi con idéntico esquema argumental como parte del personaje cinematográfico de la estrella manchega. Curiosamente al ser rodada en régimen de coproducción Ana Mariscal participaba como representación sindical española en el elenco protagonista, ya que por entonces Sara Montiel era mexicana, nacionalidad que la artista la había solicitado durante su larga estancia en este país. La propia actriz relataba esta anécdota a Fernando Méndez Leite en el programa “La noche del Cine Español” (1984) dedicado a su carrera, comentando además que cobraría por su participación en la cinta casi el mismo salario que la estrella, principal motivo por el cual se decidió a realizar la película a pesar de tener un rol menos destacado. Tomás Blanco como el hermano mayor de Raf Vallone, Pastor Serrador como el íntimo amigo y confidente de éste y una fantástica Tony Soler, componiendo el personaje más castizo y el único de acento cómico de la película, como la cupletista de medio pelo que es casi una hermana de la protagonista, completan el elenco principal.

La banda sonora es sin duda uno de los puntos principales del filme y como tal se cuidó al máximo la selección de temas intentando adaptarlos al argumento, apostillando por lo general los sentimientos y situaciones vividas por los personajes. El álbum con las canciones de la película se editó, con portadas exclusivas para distintos países, en medio mundo con un enorme éxito. Con el célebre cuplé del maestro Padilla a la cabeza, que es interpretado en dos ocasiones a lo largo del metraje, nos encontramos con otros cantables no menos conocidos que en la voz de la Montiel cobrarían una nueva dimensión poniéndose de nuevo de moda e incluso asociándose de forma popular a su persona a partir de entonces, a pesar de que todos ellos habían sido estrenados tres décadas antes por artistas de renombre y que hicieron espetar airadamente a la antigua “reina del cuplé”, Raquel Meller, la famosa frase: “Además de imitarme y cantar mis canciones, Sara Montiel tiene voz de sereno”, aludiendo al tono grave y espeso con que la artista abordaba la interpretación del género. Sara interpreta once de los catorce temas presentes en la banda sonora entre los que se encuentran “El Polichinela”, “Rosa de Madrid”, “Mimosa”, “Es mi hombre”, Agua que no has de beber” o “Mala entraña”. Los otros temas de la cinta son interpretados con irresistible gracejo por Tony Soler y Blanquita Suárez, que fue una de las estrellas del género en los años veinte del pasado siglo. Como curiosidad cabe comentar que una de las canciones, presente en la edición discográfica de la película, sólo aparecería en la versión francesa de la misma. Se trata del tema romántico cantado en italiano “Catarí” que sustituía al “Tus ojitos negros” de la versión hispana. Este sistema de dobles versiones en el que se incluían para el mercado exterior escenas que no estaban presentes en la versión original, principalmente por motivos de censura, sería una práctica bastante habitual en las coproducciones de la época. Del mismo modo en la copia para el mercado europeo existe una escena en la que la estrella aparece ataviada con una sugerente negligé y la melena suelta mientras espera a su amado en el pisito que este ha alquilado para vivir su romance, que en la versión española es sustituida por un elegante vestido de color violeta, el escote cubierto con un tul del mismo color y el pelo perfectamente recogido en un elaborado moño.

En los aspectos técnicos la cinta presenta una cuidadísima factura, en la que se nota la inversión realizada por sus productores. La magnífica fotografía en color se debería Antonio Ballesteros, los excelentes decorados, que ganarían el premio en esta categoría del Círculo de escritores cinematográficos, corresponden al mítico Enrique Alarcón, mientras que los ricos fondos musicales serían compuestos por Juan Quintero y el cuidado vestuario corresponde a Humberto Cornejo. La película supuso un fabuloso éxito comercial y un triunfo personal para su protagonista, que ganaría aquel año el premio a la mejor actriz del Sindicato Nacional del Espectáculo y su homónimo del Circulo de Escritores cinematográficos por su interpretación. El filme se mantendría en cartel durante casi un año de manera ininterrumpida en su local de estreno, obteniendo un éxito similar en todos los países donde fue estrenada, incluyendo la Europa del Este, tradicionalmente reacia a nuestro cine por las circunstancias políticas.


Tras el éxito de “La Violetera” Sara Montiel asentó su posición estelar en el panorama cinematográfico hispano, estatus que reafirmaría con sus siguientes vehículos musicales, creando un personaje que con escasas variantes estéticas y psicológicas se mantendría en primera línea hasta finales de la década de los sesenta del pasado siglo, convirtiéndose en uno de los iconos indiscutibles de nuestro cine.

domingo, 3 de abril de 2022

Sara Montiel… En un lugar de la Mancha (1ª parte)

 


La manchega universal, el rostro más bello que jamás retrató nuestro cine, Sara es en rigor todo un mito del mundo del espectáculo. Desde su sensacional irrupción con “El último cuplé” (1957) hasta hoy, la máscara del personaje sigue fascinando y dando que hablar tanto a defensores como detractores. Llegó para encender la pantalla en una época en el cine español estaba necesitando urgentemente de “fuego”, y la carnalidad y el paladar de la Montiel mantuvieron esa llama viva durante casi dos décadas. Aunque sin duda su éxito responde a unas necesidades muy concretas, el carisma y la estatura de la estrella hicieron que perdurase más allá del fenómeno inicial. Fue una personalidad tan seductora que se impuso a cualquier consideración interpretativa, y estuvo muy por encima de los repetitivos y mediocres argumentos de sus películas. Desde los tiempos de la gran Imperio Argentina, ninguna otra artista había constituido una inversión tan segura para los productores y discográficas, ningún otro nombre había traspasado fronteras estableciéndose en mercados tan escépticos a nuestro cine como Francia, la antigua Yugoslavia o la Unión Soviética, donde las películas de la Saritísima eran canjeadas por madera y petróleo. Fue un nombre que se convirtió en leyenda, una leyenda que nació para perpetuarse y permanecer en la memoria y la historia del cine, a pesar de sus excesos y la irregular calidad de su filmografía.


María Antonia Abad Fernández nace en Campo de Criptana (Ciudad Real) el 10 de Marzo de 1928, hija de una humilde familia de gañanes. A pesar de la pobreza que rodea su infancia, o quizás como consecuencia de ello, sueña con el brillo del mundo del espectáculo desde muy niña, teniendo como principales aficiones cantar y actuar. Con muy pocos años se traslada con su familia a Orihuela (Alicante). Allí es descubierta a la edad de trece años por el matrimonio Ezcurra, mientras canta una saeta al Cristo del gran poder. Los Ezcurra eran una acomodada familia valenciana muy ligados a Vicente Casanova, propietario de la productora cinematográfica Cifesa, y enterados de las inquietudes de la niña por convertirse en artista piden permiso a sus padres para llevarla con ellos y educarla para tal fin.


En 1942, un año después de su marcha a Valencia con los Ezcurra, gana un concurso convocado por Cifesa en la madrileña Casa de Campo para descubrir nuevos talentos, cantando “La morena de mi copla”. El premio consistía en 500 pesetas y una prueba cinematográfica para la película “Deliciosamente tontos” (1943), protagonizada por Amparo Rivelles y Alfredo Mayo, que no resultó satisfactoria. Consiguió debutar ante las cámaras dos años más tarde con un breve papel en “Te quiero para mí” (1944) de Ladislao Vajda, en el que aparecía acreditada como María Alejandra y donde daba vida a la amiga y confidente de la protagonista, Isabel de Pomés, en el internado de señoritas en el que cursaban sus estudios. A estancias de su representante Enrique Herreros, cambia su nombre por el definitivo de Sara Montiel, y como tal aparece en “Empezó en boda” (1944) , una comedia de Rafaello Matarazzo que protagoniza con Fernando Fernán Gómez, con quién también rodaría su siguiente título “Se le fue el novio” (1945), a la que seguirían “El misterioso viajero del Clipper” (1945), “Bambú” (1945) y la comedia deportiva “Por el gran premio” (1946). En todos ellos desempeñaba un personaje de adolescente rubia y pizpireta, algo cursi y con una fino instinto para la comedia ligera que lamentablemente abandonaría más tarde por el melodrama.


En 1947 realiza una prueba junto a Jorge Mistral para los personajes principales de la película “Mariona Rebull” de José Luis Sáenz de Heredia, que finalmente acaban interpretando Blanca de Silos y José Mª Seoane. Sara ha de conformarse con el breve papel de la cupletista “LuLa”, que no obstante le aporta el premio a la mejor actriz secundaria en el primer Certamen Cinematográfico Hispanoamericano y le brinda la oportunidad de cantar su primer cuplé ante las cámaras. Tras el excelente film de Sáenz de Heredia, vendrían diversas colaboraciones de escasa importancia en otros tantos títulos, destacando su intervención en el “Don Quijote de la Mancha” (1947) de Rafael Gil, donde interpretaba a la sobrina del hidalgo y “La mies es mucha” (1948), otro Sáenz de Heredia esta vez en clave misionera, donde aparecía bellísima en un papel de indígena pagana que acaba por convertirse al catolicismo, como consecuencia de la bondad y la fuerza evangelizadora del padre Fernando Fernán Gómez.


Su por entonces pareja, Miguel Mihura, escribe para ella el papel principal de la película “Confidencia” (1947) dirigida por su hermano Jerónimo Mihura, en el que su intervención comienza a llamar la atención de la crítica. Sin embargo, su primera oportunidad importante vendría de la mano de Juan de Orduña, el director que la consagraría una década más tarde, con el personaje de la princesa Aldara en el taquillazo “Locura de amor” (1948). Vestida de mora ardiente, aparte de enamorar perdidamente a un Fernando Rey disfrazado de Felipe el Hermoso y contribuir de este modo a la locura de la reina Juana, Sara comienza a apuntar su poderoso magnetismo y sensacional fotogenia ante la cámara, que hacían atisbar su potencial estelar. El éxito clamoroso de la película convierte a su protagonista, Aurora Bautista, en estrella indiscutible del momento y alcanza a todos cuantos en ella participan. No obstante Sara no puede asistir al estreno debido a una grave afección pulmonar que la recluye en el Hospital de San Rafael durante más de un año. Regresa al cine con un corto papel en el segundo bombazo consecutivo de Orduña y la Bautista, la película inspirada en la novela del Padre Coloma “Pequeñeces” (1949), haciéndose cargo del rol de la cortesana francesa “Monique”, colaboración insignificante perdida en cerca de dos horas de metraje en las que la Bautista reina por derecho propio. A continuación llegarían, “El capitán Veneno” (1950), una comedia de salón, basada en la novela de Pedro Antonio Alarcón, con Fernando Fernán Gómez y “Aquel hombre de Tánger” (1950), una coproducción con Estados Unidos en la que interpretaba un exótico papel de marroquí, muy al estilo de los de Yvonne de Carlo en el ciclo Oriental de la Universal… Continuará




jueves, 31 de marzo de 2022

"Música de ayer" (1959) Juan de Orduña

 


Tras el fracaso económico y artístico que supuso “La Tirana” (1958), Juan de Orduña se embarca como productor y director en este nuevo proyecto musical ambientado en la época gloriosa de la Zarzuela y que se publicitaría como “la película hermana de El último cuplé”, aludiendo directamente al tono e intenciones del filme que presenta no pocos paralelismos con éste, tanto es así que incluso se contó con el mismo equipo de guionistas y parte del elenco actoral del anterior. La obsesión por repetir el éxito de “El último cuplé” fue una constante en la carrera del realizador madrileño y de la industria, buscando a lo largo de los años distintas fórmulas de replicarlo sin conseguirlo. La película se ambienta en el Madrid de inicios del siglo XX, centrándose en la historia sentimental y artística de una cantante lírica interpretada por la excelente soprano Ana María Olaria. Aunque los amores de la protagonista están revestidos de un carácter moral que desproveen al argumento de la pasión y erotismo de “El último cuplé”, que hacen que la historia presente menos interés desenvolviéndose por los terrenos del sacrificio y el folletín novelero.


Laura Gayan (Olaria) es una aspirante a cantante, cuyo deseo es debutar en la ópera como figura del Teatro Real de Madrid. Ella es hija del portero de la mansión de Carlos, Conde de San Telmo (Armando Calvo), de quién está secretamente enamorada, aunque este ni siquiera sabe de su existencia. Sin embargo, una noche de fiesta se emborracha y es deshonrada por Esteban (José Moreno) un compañero de conservatorio que se convierte en su esposo a pesar de que ella no siente ningún afecto sentimental por él. Con la ayuda de su profesora de canto (Mª Fernanda Ladrón de Guevara), Laura debuta en el Teatro Apolo convirtiéndose en una de sus principales tiples, formando dúo con Esteban. El carácter disipado e infiel de éste, unido a la ausencia de auténtico amor en sus relaciones hacen que el matrimonio entre en una profunda crisis sin retorno, mientras los sentimientos de Laura crecen en silencio por Carlos, que comienza a interesarse por ella sin saber inicialmente que era la hija de su sirviente en el palacio. Carlos es aficionado a la zarzuela y no pierde ocasión de cantar con la artista en la función benéfica que organiza en su casa despertando los celos de Esteban, que se fuga con la “Niña Pancha” (Ninón Sevilla), una cupletista cubana que conocía de sus correrías juveniles. Abandonada por su esposo, Laura se refugia en la religión y el amor platónico que siente por Carlos. Esteban es arrestado por el robo de las joyas de la “Niña Pancha”, muriendo a manos de la guardia civil al intentar fugarse, mientras que Laura resulta herida en el atentado contra los Reyes de España que un anarquista lleva a cabo durante la celebración del enlace de Alfonso XIII y María Cristina. Años más tarde Laura, retirada del mundo artístico, vive en el molino de su padre en la Mancha donde acude Carlos con su antigua profesora de canto para ofrecerla regresar a la escena con la opereta “Molinos de Viento”, la pareja se une para siempre a los acordes del romántico dúo de la obra de Pablo Luna. Un final feliz en compensación al piadoso y romántico carácter de la protagonista.

Como puede verse la música es el principal hilo conductor de la historia, siendo utilizada como en “El último cuplé” para resaltar o apoyar los sentimientos y situaciones del argumento, haciendo que los personajes cuenten a través de los distintos fragmentos lo que están pensando o sintiendo en cada momento, un recurso muy manido en el musical español que intenta dar coherencia y unificar la extensa antología que se presenta a lo largo de las casi dos horas de duración del filme. Nada menos que veinticuatro temas salpican la historia, la mayoría de ellos interpretados por su protagonista, entre los que se incluyen dúos y romanzas de ”La Revoltosa”, “El cabo primero”, “El dúo de la Africana”, “Chateau Margaux”, “Agua, azucarillos y aguardiente”, “El Señor Joaquín”, “La Gran Vía”, “Lucia de Lammermoor” y un largo etcétera, todos ellos sobradamente conocidos por el gran público y principal atractivo comercial de la película.

Inicialmente Orduña pensó en Carmen Sevilla, doblada en los cantables, como protagonista. La estrella cobraría un caché de millón y medio de pesetas por su participación, aunque se caería tempranamente del proyecto siendo reemplazada por la soprano lírico-ligera Ana María Olaria. Olaria provenía de una familia de artistas, su padre y mentor era barítono y su hermano el cantante melódico Tito Mora. Aunque no tenía ninguna experiencia cinematográfica a excepción de un pequeño papel en la película “La guitarra de Gardel” (1948), se encontraba en la cumbre de su carrera como cantante tras sus éxitos en “Lucia de Lamermoor”, “La Bohème”, “El Barbero de Sevilla” o “Rigoletto”. En 1956 obtuvo un resonante triunfo junto a Alfredo Kraus cantando “Doña Francisquita” en la reapertura del Teatro de la Zarzuela, lo que unido a una serie de grabaciones discográficas la posicionó como una de las figuras más relevantes del género en los años cincuenta. Unía a su excelente voz, de una coloratura brillante con limpísimos agudos, una figura y rostro atractivos, lo que haría sin duda que Orduña, gran melómano y aficionado a la ópera y zarzuela, la eligiese para protagonizar la película. A pesar de su inexperiencia en el medio, la artista desempeña su papel con singular eficacia destacando principalmente en la parte musical, lo que le haría obtener un premio especial del Círculo de Escritores Cinematográficos a la mejor actriz lírica por su participación en el filme. Sin embargo no volvería a intervenir en ningún otro título, centrando su actividad en la escena y la televisión hasta su temprana retirada en 1965 al contraer matrimonio, para dedicarse mucho tiempo después a la enseñanza vocal en la Escuela Superior de Canto de Madrid.


El galán Armando Calvo, en sustitución del inicialmente previsto Gustavo Rojo, interpreta a Carlos, Conde de San Telmo e interés amoroso de la protagonista, siendo doblado en los números musicales por el célebre barítono Luis Sagi Vela. El actor se encontraba por entonces desarrollando su carrera a caballo entre España y México, lo que favorecía la comercialización de la película en Latinoamérica dónde se estrenaría con el título “Zarzuela 1900”. Además contaba con el reciente éxito de “El último cuplé” que había protagonizado junto a Sara Montiel. El apuesto José Moreno, doblado por Tomás Alvarez en los cantables, se hace cargo del rol de Esteban, el esposo infiel que engaña a la dulce Laura con la sensual Ninón Sevilla como “Niña Pancha”, representando esta última el ambiente populachero y disipado de los cafés cantantes, frente al mundo más culto y tradicional de la Zarzuela escénica. Moreno, se había convertido en uno de los actores favoritos de Orduña apareciendo prácticamente en todas sus películas a partir “El último cuplé”, donde había interpretado al primer amor de la Montiel. Manolo Zarzo y Charito Maldonado como Esteban y Manuela, amigos de juventud de Laura, serían la pareja cómica al más puro estilo del género chico. Mª Fernanda Ladrón de Guevara da solidez al personaje de Doña Lola, la profesora de canto y protectora en los amores de la pareja protagonista. En otros papeles destacados aparecen Irene Daina, Emilio Vendrell, Carmen Porcel, Manuel Arbó e incluso en una breve intervención cantando a dúo con Ninón Sevilla una no acreditada Olga Guillot.



El coste de la producción rondaría los nueve millones y medio de pesetas de la época, un presupuesto muy por encima de la media de inversión en los rodajes españoles de su tiempo, lo que se plasmaría en los excelentes decorados y vestuario que luce el filme. Sin embargo este esforzado intento de Orduña por conseguir un éxito multitudinario no tendría los resultados esperados. Aunque la película no tuvo una mala comercialización, disto mucho de recuperar una inversión tan elevada, cosa que de entrada ya se antojaba complicado, a pesar del llamamiento a la nostalgia y el prestigio del realizador en el género en aquellos momentos. Aunque la dirección artística es magnífica y está cuidada con detalle, da la sensación de estar por encima del propio argumento y canibalizándolo en muchos momentos, haciendo que algunas situaciones queden mal resueltas o resulten demasiado previsibles para suscitar el interés necesario. Por otro lado falta una protagonista de mayor carisma, ya que aunque Ana María Olaria cumple bien con su cometido, el personaje no tiene fuerza e interés más allá de la banda sonora que lo acompaña. Y, por último, el intento de repetir el esquema de “El último cuplé”, historia sobre el ascenso y caída de una cantante salpicado de una antología de temas famosos, tampoco benefició a la carrera de la película ya que en la comparación salía muy mal parada, entre otras cosas porque la fórmula resultaba repetitiva en exceso no generando de lejos la misma mitomanía a pesar de tener una factura final mucho más cuidada. Aun así tiene ese aire popular que Orduña sabía imprimir a su cine y que sigue funcionando entre amantes del musical español clásico, si algo no puede dudarse es que el realizador tenía un olfato especial para conocer los gustos del público, algo que funcionaba mejor cuanto menos “académico” se ponía en el resultado. La crítica acogió el estreno de forma bastante tibia, alabando en general el talento y voz de Ana María Olaria y el acabado de producción y poco más.



lunes, 21 de marzo de 2022

"La fierecilla domada" (1955) Antonio Román

 



El éxito de “Congreso en Sevilla” (1955) en la que Antonio Román modernizaba la imagen y recursos interpretativos de Carmen Sevilla, haría que el productor Benito Perojo que tenía a la estrella bajo contrato, contratase de nuevo a Román para dirigir este nuevo vehículo para lucimiento de la artista, basada en la célebre comedia de William Shakespeare a la que se le añadió un toque de humor más local a través de la adaptación que llevarían a cabo José María Arozamena, Antonio Lara “Tono” y el propio Román, quién de este modo tomaba el control creativo y la autoría de un proyecto inicialmente de encargo. Perojo costearía el filme en coproducción con Francia, donde Carmen Sevilla tenía una gran proyección especialmente por sus películas junto a Luis Mariano, auténtico ídolo en el país vecino.

La cinta cuanta la historia de la fogosa y temperamental Catalina, la bella hija de un comerciante de la costa levantina cuyo endiablado carácter trae de cabeza a todos cuantos la conocen. Hasta la residencia de dicha dama llega Beltrán de Lara, una especie de Don Juan aventurero que se toma como un asunto personal domar a tan fiera dama. Con tales fines pide al padre de la muchacha su mano, con el deseo de convertirla en su esposa, a lo que este acepta encantado con tal de librarse de su impulsiva hija. Tras una serie de peripecias Beltrán contrae matrimonio con Catalina, llevándosela a su hacienda con el fin de hacerle doblegar su genio. A base de sarcasmo, fingida indiferencia y paciencia, el caballero logra que Catalina se entregue a sus brazos enterrando a la “fierecilla” que se rinde a la llamada del amor.


Aunque la película estaba planteada como un vehículo para el lucimiento de su protagonista, la sabiduría cinematográfica de Román consiguió llevar la historia más allá, convirtiéndose en una de sus obras mejor acabadas. La dirección de actores, la ambientación de la cinta y el sabio uso del color, se cuentan como algunos de los aciertos del filme. El realizador fotografía el vestuario de Catalina en apasionados tonos rojizos, que reflejan su temperamento indómita e impulsivo, mientras que el galán aparece con ropajes de tonos verdosos sugiriendo un carácter más tranquilo y paciente.


Pero por encima de toda consideración “La fierecilla domada” es Carmen Sevilla en la cumbre de su belleza y talento. La actriz sabría sacar un partido tan extraordinario al personaje que se convertiría en su mejor interpretación hasta el momento y una de las piedras angulares de su filmografía. Tanto es así que su trabajo se vería reconocido con varios premios, entre ellos el de mejor actriz del año concedido por el Círculo de Escritores Cinematográficos y su homónimo del Sindicato Nacional del Espectáculo, colocándose a la cabeza de las estrellas españolas del momento. A su lado un sensacional Alberto Closas, recién llegado de Argentina, cuya apostura y picardía son el contrapunto ideal de la dama en esta batalla de sexos medieval. Closas estaba recién llegado de su exilio argentino, país al que hubo de huir con su familia tras la guerra civil. En Buenos Aires había desarrollado un intenso periplo cinematográfico, regresando a España en 1954 a instancias de Juan Antonio Bardem para protagonizar “Muerte de un ciclista” (1955). Desde entonces el actor se afincaría de nuevo en nuestro país encadenando una serie de éxitos en cine y teatro hasta su fallecimiento. Su papel de Beltrán de Lara en esta cinta le valdría igualmente el premio al mejor actor del año del Círculo de Escritores Cinematográficos, sentando las bases que le convertirían en uno de los intérpretes más reconocidos de nuestro cine.




Por la parte francesa intervendrían la actriz Claudine Dupuis como Blanca, la hermana menor de Catalina, el cómico Raymond Cordy como Bautista de Martos, padre de la protagonista y Jacques Dynam como el escudero de Beltrán, un personaje que estuvo a punto de interpretar el gran José Isbert pero no pudo hacerlo por haber adquirido compromisos previos. Manolo Gómez Bur, Joaquín Portillo y Luis Sánchez Polack completarían el elenco español. Cabe destacar como anécdota la participación de una jovencísima debutante llamada Conchita Velasco en el papel de una de las criadas de “la fierecilla”. La actriz contaba en el programa “La noche del cine español” que su inexperiencia ante las cámaras, unido al nerviosismo que le producía la escena en la que debía participar ayudando a Carmen Sevilla en su baño a la vuelta de una cacería, hizo que le tirase un jarro de agua a la estrella por la cabeza estropeándole el peinado y maquillaje, habiendo de repetirse la toma tras la correspondiente paralización del rodaje. Esto no solo no fue motivo de tensión, sino que al parecer Carmen y Concha mantendrían años después una cordial amistad a lo largo de los años.

Mención especial merece también la música de Augusto Algueró, quién unos años más tarde se convertiría en el primer marido de la protagonista de la cinta y cuya canción "Amor ¿Dónde estás amor?", leitmotiv de la banda sonora, se haría inmensamente popular convirtiéndose en uno de los temas más conocidos de Carmen Sevilla como cantante.




La película tendría una buena acogida comercial tanto en España como en Francia, donde se estrenaría con el título de “La mégère apprivoisée”, en Italia como “La Vergine Ribelle” y en Alemania "Der biderlpenltigen zähmung". El éxito de la cinta llevaría a Carmen Sevilla a rodar el siguiente año una nueva comedia de ambiente medieval en coproducción con Francia junto al ídolo galo Fernandel, basada en el célebre conquistador español Don Juan titulado “El amor de Don Juan”.




jueves, 17 de marzo de 2022

"Morena Clara" (1954) Luis Lucia

 


La primera versión de la obra de Quintero y Guillén, llevada a la pantalla en 1936 por Florián Rey con Imperio Argentina como protagonista, había sido uno de los mayores éxitos del cine español hasta ese momento. El filme de Rey y la impecable interpretación de Imperio se convirtieron en el máximo exponente de cine popular y uno de los mitos folclóricos en el que se mirarían las estrellas del género durante años. La propia Lola Flores, protagonista de la nueva versión que nos ocupa, contaba que cuando realizó en 1939 sus primeras pruebas cinematográficas para la película “Martingala”, dirigida por el italiano Fernando Mignoni, eligió los célebres versos que el personaje de Trini recitaba en uno de los momentos más famosos de la obra para mostrar su gracejo y talento como intérprete, consiguiendo el papel que supondría su debut en la pantalla.

Cuando Cesáreo González y Benito Perojo se plantean producir una nueva versión de esta especie de “Pygmalión” calé, lo hacen pensando en el lucimiento personal de su protagonista. Lola Flores se encontraba por entonces en el cenit de su éxito como figura flamenca. La artista jerezana acababa de volver de una gloriosa gira de casi dos años por toda Latinoamérica, siendo recibida en honor de multitudes en nuestro país. En la escena había estrenado con éxito su nuevo espectáculo “Copla y bandera” en el teatro Calderón de Madrid y se disponía a llevar a cabo varios proyectos cinematográficos, el primero de los cuales sería esta nueva versión de “Morena Clara” dirigida por el especialista en el género folclórico Luis Lucia. El realizador valenciano sería junto a José Luis Colina el responsable de un afortunado guion que da toques personales a la obra original con singular acierto, especialmente en el arranque del filme y el juego que establece entre los personajes de la historia y unos antepasados medievales, interpretados igualmente por la pareja protagonista, que entran y salen de la misma a lo largo del metraje y son el origen de la mayoría de los pasajes cómicos de la cinta. Lucia consigue con ello modernizar algunos recursos y dar una nueva entidad al filme, huyendo de la plasmación literal de los diálogos de la obra escénica y la repetición del esquema de la película de Rey, sin alterar por ello la esencia de la historia. Lo cual denota una gran inteligencia por su parte y elimina gran parte de la procedencia teatral, aunque los pasajes más famosos como el juicio por el robo de los jamones aparece rodado casi con la misma estructura.


Lola Flores realiza su mejor interpretación hasta ese momento en el cine y si bien no hace olvidar la de Imperio Argentina, resulta tremendamente eficaz en naturalidad y gracejo, denotando que la estrella se encontraba encantada metida en el personaje. A su lado, formando una extraña pareja, un pelirrojo y espigado Fernando Fernán Gómez con una comicidad contenida como contrapunto a la verborrea de Lola, que funciona a las mil maravillas dando una vez más cuenta del talento de este inmenso actor capaz de hacer creíble cualquier personaje. Miguel Ligero repite el papel de “Regalito” que ya había interpretado en la anterior versión, si bien en esta ocasión y por razones de edad pasa de ser el hermano de la protagonista al tío de esta. Ligero es sin duda el enlace más latente entre una y otra versión, ya que su composición del personaje dista poco de la original y contiene muchos de los clichés que tan bien la habían resultado en la anterior, incluido el célebre número “¡Échale guindas al pavo!” interpretado al alimón con Lola sustituyendo a Imperio y único momento musical que se repite en ambas versiones. El propio Luis Lucia se quejaba en una entrevista a Fernando Méndez Leite en el programa “La noche del Cine Español”, sobre los “tics” interpretativos de Ligero, alegando que a él personalmente no le gustaban y que era muy difícil sacarle del modelo sobre el que el actor había edificado su personalidad cómica y que solía repetir de forma invariable en todas sus intervenciones. Manuel Luna, que había interpretado al fiscal en la película de 1936, es rescatado para esta en el papel de Don Elías, que en la primera versión era el padre del protagonista masculino y en esta el juez de la audiencia sevillana. Al contrario de Ligero, Manuel Luna adapta su interpretación a las intenciones del nuevo guion y de su personaje, mostrando su ductilidad como intérprete. La oronda Julia Lajos, una de las características geniales de nuestro cine, es Doña Teresa la madre del fiscal aportando su personalísimo gracejo a una de sus últimas apariciones en la pantalla. Por último Ana Mariscal, realiza una colaboración especial como la abogada defensora de los gitanos en el juicio, papel de tintes feministas que en la anterior versión había interpretado, de forma mucho más evidente a este respecto, Porfiria Sánchiz, una de las actrices más singulares de nuestro cine.



Revisando ambas versiones es curioso ver como esta última sufrió algunas mutilaciones de censura respecto a la anterior, marcando la diferencia entre el ambiente liberal presente en el cine republicano versus la producción franquista. Un ejemplo claro se produce en la escena del juicio cuando Trinidad responde al jurado que es “hija de la Palmerita y de un señor muy reservao”, dando claramente a entender que es hija ilegitima de una gitana y un payo de dinero y presumiblemente casado. En la versión de Lucia, la protagonista se limita a decir que es “hija de la Palmita y el Pirri, el mejor esquilaor de Andalucía”, eliminando de este modo toda referencia a sus origines adúlteros, que por otro lado contradicen el título de la obra ya que este hace referencia a que Trinidad es una gitana cruzada con un payo, una “morena de color claro”. En la misma escena del interrogatorio ocurre algo similar con la intervención de “Regalito” interpretado por Miguel Ligero. En la película de 1936 cuando a este le preguntaban por su estado civil, respondía que estaba “asociado” con la Catalina que era una buena muchacha, es decir, vivía con ella según las leyes gitanas sin necesidad de unión eclesiástica. En la versión de 1954 al ser preguntado por su estado civil, el personaje contesta con un rotundo “soltero”, dejando claro que en la España de Franco no existían las uniones fuera del matrimonio. Del mismo modo es eliminada por completo de la historia la relación adúltera que Don Elías, el padre del fiscal, había tenido en el pasado fruto de la cual había nacido una hija, sufriendo chantaje por parte de su amante y desencadenando una parte importante de la trama original. Para la presente versión, Enrique (Fernán Gómez) es hijo de una viuda bien posicionada en la sociedad sevillana del momento, sin que exista sombra alguna sobre la honorabilidad de sus progenitores, haciendo que el personaje de Don Elías pase a ser el referente paterno de Enrique, pero como su jefe en la audiencia provincial de Sevilla. Con todo la película se ve con agrado y resulta especialmente entretenida por la interpretación del fantástico reparto y un divertido guion que presenta varias situaciones de “comedia alocada” muy eficaces y con unos diálogos muy bien llevados dentro de la tradición del sainete.

Las canciones, como no podía ser de otro modo son otro de los platos fuertes de la cinta y uno de los momentos de lucimiento cumbre para su protagonista, si bien los números musicales están rodados con menos imaginación y un menor interés dramático que en la película de 1936, limitándose prácticamente a retratar a la artista mientras canta y baila haciendo gala de su temperamento único. Como ya se ha comentado el dúo “¡Échale guindas al pavo!”, aunque movido de contexto respecto a la anterior versión, es el único número que se repite. Aquí Trinidad y Regalito cantan y bailan en el salón de la casa de Enrique para él y su madre, perdiendo todo el efecto cómico que el número tenía en la anterior versión al ser interpretado en la fiesta de la Cruz de Mayo para los invitados a la misma en casa del fiscal, quedando tan solo como muestra de una canción popular que el público espera ver en la cinta. “Soy Morena Clara” una zambra escrita exprofeso para la ocasión, es el primer número que Lola canta en el filme y que en esta ocasión si es utilizado argumentalmente para entender la química que empieza a producirse entre los protagonistas de cara a su futura relación. Por último, la famosa zambra de Manuel Quiroga y Rafael de León “Te lo juro yo”, en una versión también por bulerías, sustituye a “La falsa monea” de la anterior versión como número final de despedida entre Trini y Enrique antes del previsible final feliz. Una vez más el número no presenta ningún interés en términos argumentales y cinematográficos, más allá del placer de ver a una soberbia Lola Flores arrebatada de temperamento, aportando una fuerza incandescente a su interpretación, con el sello personalísimo de su arte.



Cabe destacar también el sentido del humor de Lucia al parodiarse a sí mismo y el cine que hacía en algunos giros de guion ciertamente sarcásticos, como aquel en el que el personaje de Don Elías (Manuel Luna) le recomienda a Doña Teresa (Julia Lajos) que si quiere montar una fiesta andaluza como Dios manda vaya al cine y vea cualquier película española. Más tarde durante la fiesta por sevillanas le pregunta en que película se había inspirado a lo que la otra le responde que había visto cuatro y en todas salía un baile por sevillanas, a lo que ambos concluyen “que sería de nosotros, los andaluces, sin el cine”. Este tono paródico está presente a lo largo de toda la película desde su inicio, en el que el personaje de Fernán Gómez cuenta el nacimiento y desarrollo de la “raza calé” a lo largo de la historia, arrancando nada menos que en el antiguo Egipto con los Faraones bailando por bulerías (recordemos que a Lola le apodaban “La Faraona”), lo que hace que hoy día mantenga un aire gamberro que le confiere un toque de modernidad, dejándonos claro que el realizador nunca se toma en serio lo que nos cuenta.



Como ya había hecho en la adaptación de “La hermana San Sulpicio” (1952), otro viejo éxito de los años treinta dirigido por Florián Rey con Imperio Argentina, el realizador valenciano se aleja del modelo original utilizando ese tono de comedia desenfadada que le ayuda a contar la historia modernizando los recursos folclóricos de antaño para el espectador de los años cincuenta, enlazando con una tradición muy enraizada con la cultura española, lo que denota que era un gran conocedor de los gustos del público y sabía la forma de llegar a él, como demuestra la larga lista de éxitos a lo largo de su carrera.



El filme fue rodado en Gevacolor, que era otro reclamo a la hora de llevar al espectador a las salas, ya que el color solo se empleaba en contados filmes por aquellos años, principalmente musicales. Este sistema cromático de origen belga sustituía al nacional Cinefotocolor, que no terminó de resultar dado lo mediocre de sus resultados, desapareciendo incluso con el tiempo de algunas de las copias en las que fue aplicado, algo que también ocurriría con el Gevacolor. Algunos de estos títulos han sido restaurados en el presente rescatando los colores originales con que fueron presentados en su día, entre ellos este filme de Lucia.