martes, 11 de enero de 2022

"La danza de los deseos" (1954) Florián Rey



 Esta película se recuerda sin duda como uno de los títulos más pretenciosos y fallidos en la carrera de la gran Lola Flores, dirigido por un otrora glorioso Florián Rey en sus horas más bajas. “La Faraona” se encontraba en su momento de máxima popularidad tras su reciente triunfo en América, con una gloriosa gira de dos años que le había llevado por los mejores teatros de las capitales Latinoamericanas y Nueva York con gran éxito. Tras la separación artística del cantaor Manolo Caracol, con quién había formado una pareja mítica para los anales de la historia del flamenco y la copla, Lola firmaría un sonado contrato con el productor de cine Cesáreo González consistente en seis millones de pesetas de 1952, una cifra astronómica para la época con la que el avispado empresario gallego obtuvo la exclusiva de la artista más popular del momento consiguiendo sin duda una de sus inversiones más saneadas, dado el formidable éxito de la jerezana allá donde su arte y talento se hiciera presente.



Cesáreo fue el principal responsable del primer viaje de Lola a tierras americanas con presentaciones personales de apoteósico triunfo y una serie de títulos rodados en los estudios mexicanos durante la época dorada de esta cinematografía. A su regreso la fama de la artista se había disparado y el productor le preparó un espectacular y publicitado recibimiento multitudinario en el aeropuerto de Barajas digno de una estrella internacional, que aún se recuerda en los archivos del NODO de la época.


Con esta racha de triunfos encadenados parecía que Lola era un valor seguro y atendiendo los deseos de la artista de plasmar su vena más dramática en la pantalla se planteó esta producción con la que se pretendía dar un giro a su imagen cinematográfica de gitana alegre y temperamental de peina y lunares, sin embargo el argumento resultó tan surrealista y poco creíble que cualquier esperanza de edificar una carrera con papeles más dramáticos en torno al mismo resultaría impensable, así como el fracaso del filme inevitable. Ramón Perelló ideó una historia que presentaba a Lola como Candela, la hija de un contrabandista que es abandonada en un islote a la muerte de su padre con la única compañía de un viejo ciego y su lazarillo. La muchacha crece cual tarzana alejada de la civilización, nadie sabe muy bien donde se encuentra esta isla semi desierta, sin ningún tipo de conocimiento del mundo. Hasta el solitario islote llega un día un apuesto galán, José Suárez, del cual la muchacha se enamora abandonando la isla y colándose de polizón en su barco hasta Marsella, con gran disgusto de la prometida de este que ve en la salvaje una atractiva rival. Por una serie de infantiles circunstancias, mal traídas y peor contadas, la protagonista se escapa de la casa de su protector cayendo en el mundo de la prostitución y los bajos fondos, siendo rescatada por el galán para morir en sus brazos en la isla donde enterraron de niña a su padre. Todo un dramón de tomo y lomo, más digno de serial radiofónico que de película seria.


Este imposible encargo cayó en manos de Florián Rey, quién sin duda lo aceptó como un título “alimenticio” para seguir trabajando en un momento en el que su carrera como realizador estaba agonizando y en el que se refleja la desgana con la que es acogido el proyecto por su parte, ofreciendo una dirección con un lenguaje rutinario y poco cuidada en sus detalles, limitándose a retratar en planos medios y cortos a la protagonista y poco más. El guión no tiene ni pies ni cabeza, empezando por la interrogante de que unos personajes de origen español vivan en Marsella sin explicación alguna, lo que apunta que posiblemente fue una de las condiciones de la censura para mostrar el ambiente de decadencia y prostitución fuera de una ciudad española, algo bastante habitual en la época, ya que cualquier sugerencia por velada que fuera a este tipo de ambientes y costumbres solía atribuirse a otros países o culturas, alejando la moral española de este tipo de vidas. Florián no pone ningún cuidado en los detalles, por lo que tampoco se entiende porque en una ciudad francesa todos los personajes se relacionan entre sí en español independientemente de su nacionalidad. Por su parte la interpretación de Lola resulta histérica y desmadrada en las escenas dramáticas, y plana y falta de matices en las partes más sensibles. Sin embargo, la publicidad pagada de Suevia Films se encargó de presentar la cinta con eslóganes tan pomposos como “Una nueva Lola Flores en una película que causará sensación”, “La consagración de Lola Flores como primerísima actriz dramática”, “Distinta a todas sus creaciones anteriores, Lola Flores le entusiasmará en La Danza de los deseos”. Con tales premisas la artista esperaba obtener el premio a la mejor actriz en el Festival de Cine de San Sebastián de aquel año, para el que había sido nominada, y no pudo disimular su enfado cuando este fue a parar a manos de Marisa de Leza por su sensible interpretación en “La patrulla” (1954) de Pedro Lazaga. Lola montó en cólera por no haber obtenido el deseado reconocimiento cargando contra la ganadora e insultándola, siendo la actriz Amparo Rivelles quién relajó la tensión del momento afeando a la jerezana su actitud y haciéndole ver que ella no era culpable de la decisión del jurado.

Como ya se ha comentado el filme fue un fracaso tan sonado como su promoción, siendo recordado por la polémica que rodeó su estreno y el intento de Lola por convertirse en una especie de Anna Magnani a la española. Seguramente buscando el referente de las sensuales “maggiorata” italianas, la artista presentaba un vestuario en la primera parte de la historia que mostraba su espléndida carnalidad hasta donde los límites de la férrea censura franquista permitían. Vista hoy sorprenden, en una película española de 1954, las prendas mojadas de la protagonista resaltando el escote sin sujetador y la falda raída mostrando generosamente las piernas en las escenas de la isla, o la escena de la seducción en el hostal donde “pierde la honra” en brazos de un chulo portuario de pocos escrúpulos. A pesar de todo es un filme que resulta interesante y curioso por su barroquismo y neorrealismo bastardo.


Como en casi todas las películas de Lola lo más disfrutable a día de hoy son los números musicales, innecesarios a nivel argumental ya que no aportan nada a la historia y fueron rodados sin duda como concesión a lo que el público esperaba ver en la película, pero donde mejor se justifica su talento único y subyugante, atrapando al espectador con la fuerza de su temperamento sin igual, tanto en los bailes como en las canciones.


El resto del reparto, aunque excepcional, se ve igualmente lastrado por lo pueril de las situaciones y el planteamiento del argumento. El galán José Suárez intenta dar sobriedad a un personaje que podría haber tenido un mayor desarrollo interno, debatiéndose con más claridad entre la pasión y el deber, pero con el que poco puede hacer, ofreciendo a pesar de todo una interpretación mucho más contenida y natural que el resto. María Dolores Pradera como la prometida de este, se muestra altiva y distante, prestando su elegante figura a un personaje que pasa casi de puntillas por la trama sin despertar mayor interés que el de provocar la huida de Candela del seguro y acomodado refugio de acogida al hampa callejera. Nicolás Perchicot, uno de los característicos magníficos del cine español, compone un abuelo ciego de serial, con todos los clichés de este tipo de papeles marginales y bondadosos al que le corresponden algunas de las líneas argumentales más surrealistas del guión. Antonio Puga como el proxeneta corruptor de la muchacha y Porfiria Sanchiz en el acostumbrado papel de mala malísima que solía representar son los villanos de la función.



El resultado final no convenció ni al público ni a la crítica que fue despiadada con el filme, atribuyéndole frases como estas "Florián Rey ha cubierto con un prestigio ganado en otras ocasiones lo que no merecería llevar su firma de realizador", "los autores de La danza de los deseos quisieron hacer una cosa muy dramática y lo han conseguido, por razones totalmente distintas a las que ellos pensaron" para continuar diciendo "Todo lo que aquí se ve y se oye sólo incita a la risa porque dramático es que a estas alturas haya alguien capaz de escribir guiones como éste, alguien quiera dirigirlos y alguien ponga dinero para convertir todo "eso" en una película", por lo que sorprende siquiera que fuera llevada a concurso en el prestigioso festival de San Sebastián de aquel año. La cinta pasó en general con más pena que gloria por las salas, acabando durante años con la confianza de los productores en las posibilidades de Lola como actriz en otro tipo de argumentos alejados del folclore al uso donde se desarrollaría casi toda su carrera cinematográfica. Habrían de pasar tres décadas para que la artista demostrase en “Truhanes” (1983) de Miguel Hermoso que bien dirigida y en el papel adecuado podía dar mucho más como intérprete de lo que el cine comercial de su tiempo había pedido de ella, demostrando al fin que su talento iba más allá de la representación del estereotipo que ella ayudo a cultivar y promover a lo largo de los años.



lunes, 22 de julio de 2019

Juanita Reina... "Estrella de Cine" (2ª parte)


Su siguiente película resultaría decisiva en su carrera, por lo que supone el encuentro con el director que mejor supo sacar partido de sus posibilidades ante la cámara y la convirtió en estrella de cine, Juan de Orduña.  En “Serenata española” (1946) la artista da un giro al tipo de papeles que venía realizando, pasando a representar la imagen del romanticismo decimonónico, muy en la línea del cine de Orduña en aquella época. Con este título se pretendía dotar al género folclórico de cierto empaque narrando la vida de Isaac Albéniz y la gitana que con su apasionado amor inspira la obra del compositor. Juanita aparecía bellísima luciendo el miriñaque y la mantilla en medio del esplendor de lujosos salones de cartón piedra, recreados con todo detalle. Este cambio de registro gustó al público y fue decisivo en el éxito de sus siguientes trabajos a las órdenes del realizador madrileño.


A las órdenes de Orduña se mete en la piel de “La Lola se va a los puertos” (1947), basada en la obra de los Machado, que marcaría el cenit de su carrera cinematográfica. A pesar del inconveniente de la edad, ya que interpreta a una mujer entrada en la cuarentena cuando la artista contaba apenas 22 años, la identificación de Juanita con el personaje es absoluta y el realizador la rodea de una aureola mítica, casi mágica, que convierte a “La Lola” en un símbolo de la copla errante a través de la renuncia amorosa en una escena final antológica, en la que el rostro apesadumbrado de la estrella se va fundiendo con las olas del mar entonando la copla “Una Cantaora”, mientras una voz en off, el propio Orduña, recita los inmortales versos de los Machado:

                              Sevillanas,

                              Chuflas, tientos, marianas,

                              Tarantas, tonás, livianas…

                              Peteneras,

                              Soleares, soleariyas,

                              Martinetes, carceleras…

                              Malagueñas, granadinas.

                              Todo el cante de Levante,

                              Todo el cante de las Minas,

                              Todo el cante…

                              Ni una, ni uno, cantaora o cantaor,

                              -ni los vivos, ni los muertos-

                              Cantó una copla mejor

                              Que la Lola.

                              Esa que se va a los Puertos

                              Dejando la Isla sola.




Tras esta alentadora experiencia, de la que también sería en parte productora, la estrella sigue encadenando éxitos en escena con espectáculos del corte de “Solera de España”, que presentó durante varias temporadas con distinta numeración e idéntico título, en los cuales iría estrenando algunas de sus más célebres creaciones, como el pasodoble “Francisco Alegre” que se incluía en la Banda Sonora de “La Lola se va a los puertos”, en una escena que destaca por su inteligente montaje, ayudando a avanzar el argumento yuxtaponiendo las imágenes que cuenta la historia al compás del conocido pasodoble.


Juan de Orduña vuelve a dirigirla por tercera vez consecutiva en “Vendaval” (1949), cuyo argumento se desarrolla durante el reinado de Isabel II y las revueltas de este convulso período histórico, aunque la trama carga más las tintas en las pasiones amorosas que en los hechos históricos, aligerando la carga política de la cinta y resaltando el romanticismo de esta. Con todo quedó una película entretenida en la que aparte del empaque de los miriñaques de Juanita y la interpretación de Myriam Day como la castiza Isabel II, quedó para el recuerdo la imperecedera zambra “Y… sin embargo, te quiero”, una de sus mejores y más exigentes interpretaciones musicales, que se convertiría en seña de identidad de su repertorio artístico.


En 1951 rueda el drama histórico “Lola, la Piconera”, basado en la obra de José Mª Pemán “Cuando las Cortes de Cádiz”, que se convertiría en otro de sus hitos cinematográficos. Dirigida por Luis Lucia y arropada por un reparto que incluía algunos de los mejores profesionales de la época, Juanita estuvo una vez más soberbia como la cantaora gaditana que entre copla y copla entrega su vida en la lucha contra las tropas napoleónicas. Un despliegue espectacular de medios, grandiosos decorados que reproducían el Cádiz de la época en el estudio y un ramillete de magnificas canciones hicieron de la película un enorme éxito, uno de los últimos de la productora Cifesa. La película aprovechaba el filón del cine histórico tan de moda en aquellos años y que había obtenido sus mayores triunfos en producciones como “Locura de amor” (1948) o “Agustina de Aragón” (1950), que se desarrollaba, como ésta, en la época de la guerra contra el invasor francés. Sin un cañón que la amparase, como a la heroína de “El sitio de Zaragoza”, Juanita se enfrentó al ejército de Napoleón sin más armas que la potencia de su voz privilegiada, entonando media docena de coplas entre las que figuran, además de la que da título a la película, algunas de sus creaciones más representativas, como la zambra “Callejuela sin salida”, la marcha “Como dos barquitos” o el pasacalle “Con las bombas que tiran”, que forman parte de lo más recordado del filme. Su muerte en “aras de la patria”, la hacía ingresar en la inmortalidad en los planos finales de la película, como sucediese años atrás en la secuencia de “La Lola se va a los puertos”, mitificando la figura de la cantaora… (continuará).



jueves, 18 de julio de 2019

"El pescador de coplas" (1953) de Antonio del Amo


Este filme fue concebido como lanzamiento cinematográfico del “Divo de la canción española” Antonio Molina y como tal se anunció en los títulos de crédito y en la publicidad pagada de la cinta. Antonio Molina había debutado un año antes en el cine con un cortometraje titulado “El macetero” (1952) donde cantaba un pregón que sería uno de sus primeros éxitos, este tipo de cortos eran el medio empleado por entonces para ver como un artista daba en cámara y para medir sus posibilidades en la pantalla. En poco tiempo, en virtud de sus condiciones vocales y peculiar estilo, se convirtió en uno de los cantantes más populares de su tiempo y en una de las voces masculinas más importantes de la canción española, lo que propició su temprana traslación al cine. Con el fin de reforzar la parte interpretativa se rodeó al protagonista de un magnífico plantel de actores en medio de una historia amable pero eficaz, en la que se daba rienda suelta a todos los tópicos de este tipo de cine. Los exteriores de la película fueron rodados en San Lúcar de Barrameda (Cádiz).



La historia giraba en torno a una humilde familia de pescadores, los enredos amorosos de la hermana mayor interpretada con donaire por Marujita Díaz y el triunfo clamoroso de Molina como cantante en Madrid al final de la película. Tony Leblanc, Manuel Monroy, Manolo Zarzo y Vicente Parra, en una de sus primeras intervenciones en el cine, acompañan el arte y gracejo de la pareja protagonista, que se luce sobradamente interpretando una decena de canciones para deleite de sus seguidores. Si bien es cierto que en su primera aparición en la pantalla Antonio Molina se dedica poco menos que a mostrar las facultades de una voz privilegiada de imposibles falsetes, Marujita Díaz se muestra sumamente eficaz como actriz en uno de los mejores papeles de su primera etapa cinematográfica antes de convertirse en estrella y servirse espectáculos a su medida en ocasiones con poco criterio y dudoso gusto. Aquí le toca en suerte el mejor número de la película, unas bulerías en las que la cámara avanza la acción al compás del baile y la voz de la artista sevillana, en una escena auténticamente musical magníficamente filmada por Antonio del Amo, quién a pesar de que aceptó esta cinta como un mero trabajo de encargo y poca ilusión, consiguió convertirla en una pequeña joya costumbrista. Precisamente su falta de pretensiones es lo que coloca este filme por encima de otras producciones de mayor presupuesto y ambición, haciendo que tanto su parte cómica como musical funcionen trasmitiendo un dinamismo que hace se la siga viendo con simpatía. 



La escena final de la película en la que Molina entona un sentimental “Adiós a España” en el barco que le llevará a América, mientras multitud de barquitos pesqueros con el resto de protagonistas a bordo se despiden de él rodeando el trasatlántico, es antológica y ha quedado como uno de los mejores ejemplos de cine popular de la época. Esta escena tendría a la postre un trasfondo real para el protagonista, ya que dos días después de su rodaje Molina saldría rumbo a tierras americanas para realizar su primera gira por este Continente.
Con todos estos ingredientes la película estaba destinada a gustar… Y así fue, convirtiéndose en un importante éxito comercial, de manera especial en toda Andalucía donde se alzó como una de las cintas más populares de los años cincuenta. Vicente Parra contaba años después en una entrevista para televisión, que la copia de la cinta tenía que ser escoltada por la Guardia Civil de un pueblo a otro para evitar que el cine de turno se la quedase por más tiempo y pudiera pasar al siguiente lugar donde había sido contratada. El triunfo obtenido ofreció a Molina la posibilidad de desarrollar una breve pero interesante carrera en la pantalla.





viernes, 12 de julio de 2019

Lola Flores... Mito y leyenda (final)



En los años 70 comienza a producirse una inevitable y necesaria transformación en la sociedad española, que trae consigo una disrupción con las fórmulas del pasado en un intento de salir del largo letargo al que el país había sido sometido durante una dictadura que estaba ya dando sus últimos estertores. Con la intención de adaptarse a las nuevas corrientes Lola hizo avances para obtener los papeles protagonistas de  "No es bueno que el hombre esté solo" (1972) y "La noche de los cien pájaros" (1976), dos títulos que de algún modo venían representando un nuevo modo de hacer cine tanto en estética como en temática, sin embargo ambas películas fueron a parar a manos de su amiga Carmen Sevilla que estaba relanzando su carrera con un cambio de imagen decididamente atrevido. "La Faraona" se quejaba de no tener amigos en el cine que le ofreciesen buenos papeles como actriz, aunque es cierto que tanto su físico racial como su personalidad se encontraban menos cercanos que el de otras actrices de su generación a las necesidades de cambio del nuevo cine español, amen de que Lola era la máxima representante de un folklóre por aquel entonces equivocadamente obsoleto de cara a las nuevas generaciones. A falta de mejores oportunidades protagonizaría una comedia de enredos típica de aquellos años titulada "Casa Flora" (1972) dirigida por Ramón Fdez, donde rozó la genialidad en dos números inolvidables, el trabalenguas "Como me las maravillaría yo" y un alucinante tanguillo telefónico interpretado al alimón con una no menos genial Estrellita Castro, ya prácticamente retirada de toda actividad artística y que se alzaría como lo mejor de un filme simplemente discreto.



Con "El asesino no está solo" (1973) intentó de nuevo un cambio de imagen, que no interesó ni a crítica, ni a público, que huyó en desbandada de las salas donde se proyectó aquel título, del que su director Jesús García de Dueñas relegó alegando que la presencia de la artista le había sido impuesta por los productores de la cinta, retrasando posteriormente su estreno porque Lola había dejado de ser rentable en el cine. En adelante limitó sus intervenciones a galas en salas de fiesta y televisión confirmando que el poderío de su arte y la fuerza de su presencia en directo seguían intactos. A la par iniciaba una dura y ardua lucha contra un cáncer de mama que le había sido diagnosticado en 1972. Arropada siempre por su familia y amigos Lola dio lecciones de coraje y tesón arañando tiempo y ganando años a una enfermedad que la estaba minando por dentro sin que el gran público lo notase hasta el final.



Regresaría a las pantallas en 1983 con la película "Truhanes" (1983) de Miguel Hermoso, parece ser que por recomendación de su amigo Paco Rabal protagonista del filme. En ella pudo Lola dar por fin la medida de su talento como actriz, al que tanto se había referido a lo largo de los años sin que ningún productor hiciera demasiado caso. Reafirmo sus posibilidades en este sentido con su intervención en "Los invitados" (1985) de Víctor Barrera, donde la artista ofrecía una interpretación llena de fuerza, desprovista de todo glamour, demostrando que las quejas esgrimidas a lo largo de su carrera sobre el desaprovechamiento de sus facultades dramáticas no eran tan descabelladas como muchos hubieran podido pensar y que ella confirmó en su personaje de la serie televisiva "Juncal" (1989) de nuevo junto a Paco Rabal como el torero buscavidas del título. Entre ambos títulos participó en el bodrio "Juana, la loca... de vez en cuando" (1983), película alimenticia completamente olvidable por más que en personaje de Isabel la Católica Lola diera todo un recital de ironía y cómplice comicidad con su público de siempre.



En 1987 protagonizó un sonado escándalo al ser demandada por Hacienda por la cantidad de cuatrocientos millones de pesetas por fraude fiscal. España entera asistió al insólito juicio de uno de sus ídolos nacionales a la par que la prensa sensacionalista se cebaba en presentar todos los aspectos de esta condena ejemplar. Finalmente Lola fue sancionada con una multa de cincuenta y dos millones y el reintegro de los impuestos no declarados durante los años 1981 a 1985. A a par que se la sometía a un injusto escarnio público con el cual se pretendía concienciar a la población de la necesidad de cumplir con sus obligaciones fiscales, surgieron los primeros homenajes a la "Lola eterna. El más sonado sería el que se le tributó en la ciudad de Miami en 1990 donde participó una representación de lo más granado de los artistas hispanos del momento, Raphael, Julio Iglesias, Rocío Jurado, "El Puma", Olga Guillot y Celia Cruz entre otros, además de la familia Flores al completo.



Su última aparición en el cine español se produjo en 1992 con el documental de Carlos Saura "Sevillanas", en la que aparecía ya en calidad de mito viviente imprimiendo  un magnetismo escalofriante a su baile, confirmando que como artista nunca de dejó de sorprender y dar lo mejor de sí misma. Una vez más la televisión le ofreció un lugar en el afecto del público al ser contratada por Antena 3 y Televisión española para sendos programas junto a su hija Lolita, "Sabor a Lolas" (1992) y "¡Ay, Lola, Lolita, Lola!" (1995) que supondría su última aparición ante las cámaras, donde una Lola desgastada y cansada aún daba lecciones de vitalidad presentando resistencia a la enfermedad que terminaría con su vida.



Apenas dos semanas después de rodar su último programa moría en su casa de la madrileña urbanización de La Moraleja "El Lerele", un 16 de Mayo de 1995. Su muerte causó gran conmoción y fue motivo de duelo nacional. El país entero se vistió de luto ante la desaparición de uno de sus mitos. Por la capilla ardiente expuesta en el teatro Colón de Madrid desfiló todo un cortejo de personajes públicos y artistas de antes y después, ya que Lola era un personaje muy querido por las nuevas generaciones para las que siempre tenía el consejo en los labios como un arma apunto. Mientras, en la calle, las colas de admiradores y curiosos en general se hacían interminables, como postrer homenaje del pueblo a su "Lola de España", reflejo de las virtudes y defectos de una época superada.



Dejó como testimonio una serie de televisión de carácter autobiográfico, rodada unos meses antes de su fallecimiento por Luis Sanz, uno de sus grandes amigos y representante durante muchos años. cuyo título "Coraje de Vivir" ha quedado como emblema de la personalidad y la fuerza de una artista irrepetible. Hoy día casi 25 años después de su muerte, Lola sigue siendo recordada como esa fuerza incombustible de la naturaleza que lleno con su baile y canciones la vida de un país que se quedó un poco más huérfano de arte e inspiración naturales con su partida, cualidades que le hicieron ingresar por derecho propio en el Olimpo de los inmortales.



domingo, 7 de julio de 2019

Coplas inmortales... "La Parrala" (Rafael de León, Xandro Valerio y Manuel Quiroga)


Estrenada por Concha Piquer dentro de su espectáculo “Gran Compañía de Arte Folclórico” en 1940, esta poderosa copla se convertiría con el tiempo en uno de los puntales de la Canción Española y del repertorio de la artista valenciana. Tanto es así que la Piquer pidió ser enterrada con el traje que lucía en la escenificación de dicha canción. Sin embargo el tema no cuajó inicialmente con tanta fuerza. Según relató la hija de la artista, Concha Márquez Piquer, en una entrevista concedida a Radio Olé tras la muerte de su madre, inicialmente ni la historia ni la música causaron especial interés en el público, que se mantuvo bastante frío en las primeras representaciones y sería la propia Concha, segura de las posibilidades de la canción, quién la iría matizando poco a poco hasta convertirla en uno de sus mayores éxitos.


El pasodoble es una dramatización de la historia de Dolores Parrales “La Parrala”, cantaora flamenca de finales del siglo XIX, nacida en Moguer y célebre en los cafés cantantes de su tiempo. Su facilidad para dominar distintos palos del cante grande, en especial las siguiriyas y soleares, la convirtió en maestra de otros célebres “cantaores”. Su fama fue tal que llegaría a actuar por toda España y en París de la mano de su esposo el guitarrista Paco el de Lucena, uno de los maestros de la guitarra andaluza. Su mito, unido a su al parecer fuerte personalidad, daría origen a la leyenda que se cuenta en la copla que hizo popular su nombre, aunque la veracidad de la historia no está documentada en ninguna fuente, por lo que se presume más producto de la imaginería popular que de la vida real. Sin duda su temperamento liberal y desinhibido para una mujer de su tiempo, que fuera ya reflejado en coplas en vida de la artista, sumado a su belleza, generó una admiración por la figura de Dolores que se tradujo en una serie de fábulas populares de los que bebería el moguerense Xandro Valerio para inspirarse en la letra de la canción, donde mezclaba quizás en aras de la rima, las personas de Dolores y su hermana Trinidad apodada así mismo “La Parrala”.


Como no podía ser de otro modo el cine daría cuenta de este tema, impulsado por el atractivo de su historia y la popularidad de la Copla que convertía a la artista en leyenda. Sería el madrileño Edgar Neville, amante y estudioso del cante jondo, quién la llevaría por primera vez a la pantalla en el cortometraje “La Parrala” (1941), con la actriz y cantante Maruja Tomás como protagonista interpretando el ya célebre pasodoble. El argumento del corto estaba firmado por Rafael de León y Xandro Valerio, autores de la letra del pasodoble titular que situaban la trama en el famoso Café de Silverio, cuna de grandes cantaores flamencos. Diez años después, en 1951, Concha Piquer interpretaría la canción en la producción argentina “Me casé con una estrella” dirigida por Luis César Amadori  y rodada en Buenos Aires en una de las prolongadas estancias de la cantante en la capital bonaerense. Aunque se trata de una cinta modesta, nos ofrece la oportunidad impagable de ver  a la artista poniendo en escena algunas de sus más célebres creaciones en su época de máximo esplendor, como esta que nos ocupa. En 1960 el director Carlos Serrano de Osma llevaría a cabo una biografía de “La Parrala” en “La Rosa Roja” con la figura y la voz de la extraordinaria Mikaela, en la que se intentaba dar luz al mito ahondando en la visión más romántica de la historia, en la que se mezclaban personajes reales e imaginarios.


En disco sería su creadora, Concha Piquer, la primera en registrarla el mismo año de su estreno, en 1940, pero como todas las coplas del repertorio clásico, este pasodoble ha tenido multitud de versiones en la voz de artistas muy diversos. Desde las realizadas por artistas del género como Dolores Abril, Marifé de Triana, Rocío Jurado, Angelillo, El Príncipe Gitano, Carlos Cano o Concha Márquez Piquer, hasta rarezas como la interpretada por la excelente cantante porteña Libertad Lamarque, quién la grabaría en un temprano 1942 en Buenos Aires, tan solo dos años después de estamparse en disco la versión original.
En época reciente esta copla ha sido cantada entre otros por el tonadillero Carlos Vargas e incluso por el cantautor Víctor Manuel, que llevo a cabo una personalísima interpretación del tema en el disco homenaje a la Copla “Tatuaje” editado en 1999. También el cantante flamenco Guillermo Cano grabó unas bellísimas “Alegrías de la Parrala” basadas en la popular canción, en las que se incluía el estribillo de este inmortal tema.



miércoles, 3 de julio de 2019

Juanita Reina... "Reina y Señora" (1ª Parte)


Esta sevillana de serena belleza y espectacular voz fue durante muchos años soberana del cine y la canción, la única capaz de disputarle a toda una Concha Piquer el trono de la Canción Española. En la pantalla dejó al menos dos interpretaciones muy queridas, aquellas dos "Lolas", "La piconera" y "la que se fue a los puertos dejando la isla sola", creaciones ligadas por siempre a su memoria e inspiración para toda una generación de folklóricas anhelantes de imitar su estilo y replicar su éxito.



Juana Reina Castillo, nació en el sevillano barrio de "La Macarena" el 25 de Agosto de 1925. Desde muy temprana edad mostró grandes actitudes para la canción, aprendiéndose de corrido el repertorio de sus ídolos de juventud, Imperio Argentina, Estrellita Castro y Pastora Imperio, encontrándose desde el principio con la oposición de su padre, Miguel Reina, que no veía con buenos ojos la profesión de artista ni el concepto ético asociado a la misma. A pesar de las reticencias iniciales Don Miguel, viendo el formidable talento de su hija, cedió finalmente a sus inquietudes con la condición de ser él mismo quien la acompañase en todas sus actuaciones y dirigiese personalmente su carrera. Tanto es así que durante los siguientes años sería el padre quién respondiera a las preguntas de los periodistas en nombre de su hija y quién le repasase los guiones corrigiéndola fallos y falsas entonaciones antes de rodar, además de apartar a pretendientes y moscones atraídos por la belleza y popularidad de la niña, por lo que llegaría a ser conocido como "el telón de acero de Juanita Reina". 



Debutó con el espectáculo "Los Churumbeles" donde hizo popular la canción del mismo título. Dado el éxito de esta primera experiencia, su padre quiso que la carrera de su hija contase desde el principio con la baza del prestigio, recurriendo a los mejores autores de la época Quintero, León y Quiroga que escribirían para ella su siguiente espectáculo "Tabaco y Seda", con la que se dio a conocer en toda España. El éxito obtenido con sus espectáculos, sobre todo en Andalucía, hace que pronto reciba la llamada del cine. Un primer contacto con el popular Florián Rey, le brinda la oportunidad de debutar en la pantalla a las órdenes de Claudio de la Torre como protagonista de "La Blanca Paloma" (1942), adaptación de la novela de Alejandro Pérez Lugín, llevada en diversas ocasiones al cine, "La Virgen del Rocío ya entró en Triana" pensada inicialmente como vehículo de Estrellita Castro, pero que terminó realizando la artista con apenas 17 años. Juanita estuvo perfecta como "la señita Esperanza", personaje que encajaba como un guante en su estilo e imagen de señorita de buena familia, piadosa y alegre. La artista demostró sus cualidades para el cine en base a una fotogenia extraordinaria, luciéndose además en las cuatro canciones de León y Quiroga incluidas en el filme que suponían una de las bazas fuertes del mismo.




En su siguiente título "Canelita en rama" (1943) se vio escoltada nada más y nada menos que por la insigne Pastora Imperio en una de sus escasas incursiones cinematográficas. La película fue dirigida por el interesante Eduardo García Maroto, una de las personalidades más originales de nuestro cine, que en esta ocasión se vio obligado a levantar un espectáculo folklórico de encargo para lucimiento de la protagonista con todos los tópicos del género. A pesar de todo la huella cinematográfico de Maroto quedó patente en las escenas de la vendimia, rodadas con gran sabiduria y en el Fox que Juanita entona en un momento de la película con gracioso acento sevillano. Viendo lo deliciosa que resulta haciendo suyo un cantable tan alejado de su estilo da cuenta del virtuosismo de esta genial artista.



Volvería a incidir en el tema de la andaluza garbosa en "Macarena" (1944) bajo la dirección de Antonio Guzmán Merino y Luis Ligero, acompañada nada menos que por el popular cómico Miguel Ligero, que cantaba y bailaba con ella "La Ventolera", intentado emular quizás el recuerdo de otro inmortal tanguillo, "¡Échale guindas al pavo!", que el propio Ligero interpretaba al alimón con Imperio Argentina en "Morena Clara" (1936), uno de los mayores éxitos de nuestro cine. Por lo demás la película era una simpática comedia que contaba las vicisitudes y amoríos de un patio de vecinos situado en el popular barrio sevillano... (continuará)



lunes, 1 de julio de 2019

Lola Flores... Matrimonio y años 60 (5ª parte)



Al alba del 27 de Octubre de 1957 Lola contrae matrimonio en la Basílica Real del Monasterio de El Escorial con Antonio González "El pescailla". La boda fue un asunto un tanto tumultuoso ya que Antonio se encontraba casado por el rito gitano con la bailarina Dolores Amaya con la cual tenía una hija, la familia de Dolores pretendían impedir la unión por este motivo, lo que hizo que la ceremonia se oficiase prácticamente en secreto a las siete de la mañana. Los padrinos serían el productor Cesáreo González y la amiga y comadre de la artista, la actriz y cantante Paquita Rico. Superados los iniciales temores la boda se convirtió en uno de los acontecimientos sociales del año, a la que acudieron toda clase de personalidades del mundo artístico y la vida española del momento.



Del brazo de su flamante esposo se lanzó a protagonizar una película tras otra, incluyendo a Antonio en los repartos como antaño había hecho con su hermana Carmen. En 1957 ambos protagonizaron junto al galán Gustavo Rojo la segunda versión de "María de la O" dirigida por Ramón Torrado. Además de la zambra titular, original de Estrellita Castro, Lola interpretaba temas históricos de la canción española, como las creaciones de Conchita Piquer "No te mires en el río", "Dime que me quieres", "Ya no te quiero" o "Herencia gitana", junto a números propios como el celebérrimo "Lerele", su primer éxito como artista, o la rumba "El cabrerillo" interpretada al alimón con Antonio. En 1958 la propia Lola se convertiría en productora de "Venta de Vargas", una historia centrada en la época de la invasión francesa, donde la estrella en su papel de ferviente patriota en pie de guerra contra los "gabachos" intentó ofrecer un recital melodramático, aunque dado lo pueril del argumento y las situaciones una vez más solo convenció en su interpretación de las coplas "No me llames Dolores", "Venta de Vargas", "Romance de Juan Limón", "Con el vito, vito" y el tanguillo "María Belén", una de sus creaciones más soberbias. En aquel mismo año el matrimonio volvió a aparecer en la coproducción mexicana "¡Échame a mí la culpa!" (1958) junto al cantante Miguel Aceves Mejía.



Dando un respiro a su incesante actividad cinematográfica, la pareja se presentó en el teatro Calderón con el espectáculo "Luna y guitarra", donde entre otros Lola estrena el divertido tanguillo "Catalina Fdez, la lotera", que la artista bordaba dando rienda suelta a una irresistible bis cómica. En aquellos años Lola ve cumplirse otro de sus sueños con el nacimiento de su primera hija, Lolita, que sería la primera de sus tres retoños. Tanto la primogénita, como sus hermanos Antonio y Rosario, se convertirían con el paso del tiempo en artistas de gran popularidad, cada uno en su estilo y una de las grandes pasiones de la estrella que a partir de entonces se convertiría en la matriarca de uno de los clanes más famosos de la vida española.



Volvió a ponerse ante las cámaras, esta vez sin su marido, para protagonizar junto a sus compañeras de profesión y amigas Carmen Sevilla y Paquita Rico el polémico "Balcón de la luna" (1962), dirigida por Luis Saslavsky. A falta de otros méritos consiguió arrebatar con una escalofriante creación de la zambra "A tu vera", que se alzó como el número más destacable de la película. Por lo demás las tres protagonistas naufragaban en medio de un guión ridículo, donde a fuerza de intentar lucirse esclavizaron la coherencia y fluidez de las secuencias musicales, exigiendo entre otras cosas identico número de planos. Aún así la película conserva un inevitable encanto "Kitsch", especialmente el schotis que reunía a las tres estrellas en clave chulapona "¡Ay, que calor!".



Incurriría de nuevo en dos lamentables experiencias mexicanas perfectamente olvidables en un momento en que el subgénero "gitanos y charros" estaba ya dando síntomas de agotamiento, tituladas "De color moreno" (1963) y "La gitana y el charro" (1964), ambas de nuevo junto a su marido. En la última de ellas aparecería brevemente la primera hija del matrimonio, una Lolita de seis años de edad. La mediocridad de estas producciones empieza a ser alarmante, sobre todo en un momento en el que la canción española empezaba a ser relegada por los nuevos ritmos que venían empujando con fuerza. La escasa relevancia de su filmografía pone de relieve la fuerza del talento artístico de Lola, cuya continuidad cinematográfica sería inexistente de no ser por su personalidad y temperamento como artista, cualidades que siempre se alzaron por encima de los débiles y en ocasiones execrables argumentos.



Haría gala de todo su poderío en el montaje de "La guapa de Cádiz" (1966) uno de sus espectáculos más celebrados, estrenado de nuevo en el Calderón, cuna de sus mayores éxitos teatrales. En una época difícil para la Copla debido al apogeo de la música pop, Lola puso en pie un montaje modélico en su género con el que triunfó por derecho obteniendo algunas de las mejores críticas de su carrera. Sin embargo era evidente que los gustos del público estaban cambiando, cada vez era más difícil amortizar los elevados costes de los espectáculos folklóricos, por otro lado el tipo de cine que representaba había quedado anticuado a los ojos de las nuevas generaciones, lo que hizo que sus apariciones en la pantalla se fueran espaciando. A pesar de todo, ella continuó con una incesante actividad artística en salas de fiesta y televisión, que se convertirían en adelante en refugio de los viejos mitos del folklore patrio.




En 1968 intervino en una coproducción Argentina prácticamente olvidada titulada "Aventura en Hong Kong" junto al cómico Luis Sandrini y un año más tarde logró hacer realidad el sueño de recibir el premio del Sindicato Nacional del Espectáculo a la mejor actriz por su interpretación en la comedia "Una señora estupenda" (1969) dirigida por Eugenio Martín, en el que Lola realizaría un auténtico recital típicamente "Flores" que sería sin duda lo mejor de la película... (continuará)