Esta es la segunda de las tres ocasiones en que la novela de Alberto
Insúa sería llevada a la pantalla. La primera versión, dirigida como la que nos
ocupa por Benito Perojo, data de 1927, estrenada por tanto en el período mudo
con Conchita Piquer y el francés Raymond de Sarka como protagonistas, alzándose
como una obra bastante conseguida con no pocos aciertos plásticos. La tercera y
hasta el momento última versión sería dirigida en 1951 por el argentino Hugo
del Carril, con éste y Mª Rosa Salgado en los principales papeles, resultando
otro título de interés bastante alejado de la producción musical de su tiempo.
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La versión de 1934 fue la primera adaptación sonora del asunto y
uno de los mayores éxitos del período republicano, consolidando tanto a
Angelillo como a Antoñita Colomé como dos de las principales figuras musicales
del cine de la época. Angelillo, había debutado en la pantalla en 1932 con la
hoy desaparecida “El sabor de la gloria”, un filme folclórico de corte taurino,
pero este título sería su verdadera revelación, protagonizando algunos de los
musicales más populares de los años 30. En su papel del pícaro y tierno Nonell
el artista encontró una de sus caracterizaciones más recordadas a pesar de que
su personaje moría a mitad de la historia. En cuanto a Antoñita Colomé, este
rol supuso no solo su espaldarazo definitivo al estrellato cinematográfico, sino
el establecimiento de un personaje de mujer moderna y cosmopolita que repetiría
en otros títulos y le valdrían el apodo de “La Flapper sevillana”, en alusión
al prototipo de jovencita dinámica y emancipada del cine americano, llegando a
significar un modelo único dentro de la historia del cine musical español,
lejos de las trivialidades folclóricas a las que se vería cada vez más abocada
tras la guerra civil española. El papel del “negro” titular sería interpretado
por el artista cubano de ascendencia española Marino Barreto, de quién Perojo
consigue una interpretación bastante natural teniendo en cuenta que era un
actor casi novel. Según contaba, Perojo descubrió al cantante en un local
nocturno de París donde se tocaba música hispana. Al parecer Barreto no tenía
ninguna cualidad para la danza a pesar de interpretar a un bailarín famoso en
el filme, motivo por el cual el realizador potencia su faceta como cantante y
pianista, dejando el peso de los números de baile a cargo de la protagonista
femenina.

Como hiciera un año más tarde con “La Verbena de la Paloma” Perojo
consigue una realización moderna y de gran sabor popular al tiempo, en la que
se mezcla la comedia y el drama con singular acierto y donde los números
musicales se introducen no solo dando una continuidad al relato sino buscando
un sentido dentro de la historia, sin interrumpir en ningún momento la acción, en
una película que abunda en canciones y bailes muy por encima de la media de su
época. A pesar de no conservarse la copia completa, el metraje existente deja
atisbar un filme en el que se aúnan comercialidad, inventiva y calidad a partes
iguales, utilizando recursos verdaderamente ingeniosos, como aquel en que las
ollas de cocina interactúan con Antoñita Colomé mientras canta en su humilde
hogar soñando con ser artista. Con gran inteligencia el realizador lleva a cabo
una obra cosmopolita y castiza al tiempo, otorgando la parte musical moderna a
los protagonistas, mientras mantiene el espíritu folclórico en las
intervenciones de Angelillo, logrando que una y otra convivan en perfecta
armonía. En este sentido aúna ambos estilos en la marcha “Me voy a Paris”
interpretada a dúo por Barreto y Angelillo, mientras la historia avanza del
café donde ambos se conocen, al taxi que les conduce a la estación y finaliza
en el tren que los traslada a la capital francesa. Este número fue uno de los
más recordados por los espectadores, que según cuentan salían de las salas de
cine coreándolo con entusiasmo.

Ese aire de modernidad está presente en toda la película,
especialmente cuando la acción se traslada a Niza, donde un coro de chicas en
bicicleta con megáfonos, patinadores acuáticos y hombres anuncio por las calles
publicitan el espectáculo de Peter y Emma, mientras vemos a estos a
continuación cantando y bailando en la televisión local ¡En una película de
1934! Veinte años antes de que este medio comenzase a emitir en nuestro país.
Lo que le convierte sin duda en uno de los filmes hispanos más adelantados y
modernos de su tiempo. Esta tendencia al cosmopolitismo fue igualmente
aplaudida y condenada por la crítica especializada que acusó al filme de Perojo
de cierta frialdad y falta de personalidad, entendiendo que imitaba más los
modelos americanos que españoles, aunque a día de hoy se alza sin duda como una
de sus mayores virtudes, ofreciéndonos una obra bastante anodina y alejada de
la producción musical del momento dominada por las historias de ambiente
zarzuelero y andaluz.

La copia que se conserva hoy en día en filmoteca está incompleta en
unos 30 minutos, aunque permite seguir sin problema el argumento escrito por el
propio Perojo. Cuenta la historia de Pedro (Marino Barreto) un joven mulato que
sirve como criado en la casa de los marqueses de Arancibia, una adinerada
familia. A pesar de su carácter noble, Pedro es tratado de forma déspota por el
hijo mayor por su color, que hace que este le considere un ser inferior. Harto
de las vejaciones a las que se ve sometido Pedro abandona la mansión y se lanza
a la aventura con el objetivo de triunfar como artista. En las calles de
Barcelona conoce a Nonell (Angelillo), un humilde limpiabotas aficionado al
flamenco con el que empatiza de inmediato. Los dos jóvenes se van casi con lo
puesto a Paris buscando la fortuna y la fama, pero una vez en la capital
francesa uno trabaja en la cocina de un hotel y el otro como botones. La
fortuna cambia cuando una inquilina del hotel ve a Pedro bailar a escondidas y
atisba sus cualidades para el baile, presentándose con éxito y cambiando su
nombre por el de Peter Wald. Pero las alegrías del triunfo se ven ensombrecidas
por la muerte de Nonell, dejando a Pedro sumido en una profunda soledad. De
regreso a España conoce a Emma (Antoñita Colomé) a quién contrata como pareja
de baile. Ambos triunfan de forma clamorosa por Europa mientras Pedro se va
enamorando apasionadamente de Emma, pero esta le rechaza debido a su color de
piel por el que siente una irrefrenable repulsa. Consciente de que su amor
nunca será correspondido por su piel morena, un estigma que le persigue a lo
largo de su vida, Pedro se suicida arrojando su vehículo por un acantilado,
mientras Emma llora desconsolada por su perdido benefactor al que amaba en el
fondo, arrepintiéndose de que la aversión a su color de piel no permitiese un
final feliz entre ambos.
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Aunque en esencia sigue las pautas argumentales de la obra
original, esta adaptación contiene importantes diferencias en el planteamiento
narrativo del argumento frente a las otras dos versiones, convirtiéndola en la
más interesante de todas ellas. El guion, del propio Perojo, presenta la
historia de forma lineal, de manera que podemos ver y entender de un modo mucho
más duro las vejaciones a las que Pedro ha sido sometido desde su niñez por
parte de la familia en la que trabaja, acentuando el mensaje racista del filme.
En las otras versiones la época más desgraciada del protagonista es contada en
flashback una vez que este ya es un artista rico y consagrado, lo que centra casi
toda la atención en el conflicto sentimental de la narración. Perojo presenta
la vida de Pedro como un auténtico calvario con escenas como aquella en que el
Marqués de Arencibia (José Mª Linares) lo coloca frente a una pared y le va
arrojando con saña pelotas de pin-pon para humillarle ante sus invitados. Esta
clara crítica a los estamentos de clase alta es sin duda fruto del liberalismo
del período republicano y desde luego hubiera resultado impensable en la
versión de 1951 rodada en plena dictadura franquista. Por otro lado, es la
única de las tres versiones protagonizada por un actor de raza negra y no uno
“teñido de chocolate”, lo que incrementa la veracidad del relato y confronta de
un modo mucho más realista los prejuicios y el rechazo a las relaciones
interraciales.

La película tuvo una buena acogida comercial, exhibiéndose también
en varios países de Latinoamérica con idéntica fortuna, situando a Perojo como
uno de los directores punteros de los años treinta, posición que reafirmaría al
año siguiente con el estreno de “La Verbena de la Paloma” (1935), posiblemente
su mejor película. Junto a los títulos de Florián Rey con Imperio Argentina,
los filmes de Perojo serían los primeros en obtener una carrera comercial
importante más allá de nuestras fronteras, dando una proyección internacional a
nuestro cine, especialmente en los países de habla hispana, como no había
conocido hasta ese momento. Sometida a revisión de censura por la junta correspondiente tras la guerra civil, la película sería reestrenada en 1948 con algunos cortes, eliminando algunas escenas y el nombre de Angelillo, artista de ideas declaradamente republicanas exiliado en Argentina por su posicionamiento político contrario al régimen franquista.